Pilar Ferreyra
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La industria del placer está dispuesta a conquistar a las mujeres que saben que la realidad no es la que relatan los cuentos de hadas. Que aprendieron que el intento por disfrutar de la vida cotidiana es un camino conveniente. Que aceptar las idas y venidas del trabajo, también. Y que la cama, el espacio de dar y recibir placer, puede también ser un lugar de juego.
Ahora, algunas mujeres que están o no están en pareja, y que decidieron romper con los prejuicios, participan de reuniones que se organizan bajo la modalidad de las "reuniones tupperware" o tupperware party. Sólo que en ellas no se ofrecen envases plásticos sino lencería sexy (corpiños con transparencias, bombachas chiquititas, portaligas de cuero de conejo o de hilo de seda blanco) y juguetes eróticos que vibran, hechos con base en silicona de color rosa, verde manzana o fucsia, con forma de foca, oruga, pato o patito.
Esta idea llegó a nuestro país hace apenas ocho meses. La importó desde Europa la diseñadora y emprendedora Ana Ottone (31), autora del diseño de la ropa íntima e importadora de los juguetes eróticos desde el Viejo Continente. "A los sexshop sólo entran varones. En 2004 los estadounidenses y los europeos se dieron cuenta de ésto y, crearon la "Tienda Erótica", un negocio para clientela femenina. Después idearon las reuniones "Tuppersex". Que acá rebautizaron como reuniones tupper", cuenta esta emprendedora que combina en los lentes redonditos y el suéter rojo con la estampa de Marilyn Monroe, el concepto de su marca Sophie Jones. "Sophie porque toda mujer es un poco ingenua (mi sobrinita se llama así). Y Jones, por Samantha Jones, el personaje más osado de la serie Sex on the city".
Hasta ahora armó 50 reuniones de entre cinco y diez mujeres que tienen entre 40 y 52 años. La excusa para acercarse a estos artilugios del goce suele ser una despedida de soltera. Pero también están las que sólo se reúnen por el gusto de conocerlos . "Las más jóvenes son más prejuiciosas. Priorizan la cantidad a la calidad del sexo", revela Ottone. Y, con una sorna muy disimulada, cuenta cómo se repiten los estereotipos. "Las que hablan e ironizan sin parar, no compran nada. Las calladitas, en cambio, me susurran: '¿Me das el vibrador doble?'".
Fuente:
Clarín